Cuaresma, el camino hacia la cruz


Hoy comienza una de las estaciones más significativas del año litúrgico: la Cuaresma. Este es el tiempo que nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con Dios y sobre su amor gratuito por la humanidad, un amor que se refleja en la cruz que nos revela a Dios que toma la iniciativa de salvar a la humanidad. 

La ceniza que muchas personas reciben en la frente es imagen de lo que somos: polvo que adquiere vida por el soplo de Dios y que volverá a la tierra cuando nuestra vida descanse nuevamente en Él. Si la vida comienza y termina en Dios, la Cuaresma nos recuerda el camino del discipulado: un camino que no es fácil, que requiere la entrega de nuestra vida al Señor, tomar nuestra cruz y aprender la compasión y el amor como claves de una existencia que evangeliza dignificando a la humanidad.

La Cuaresma nos muestra el camino de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén. Es el camino hacia la cruz, una vía dolorosa, pero llena de amor. En la cruz, Cristo realiza su máxima entrega: se vacía a sí mismo para ofrecer esperanza a la humanidad que sufría las consecuencias del pecado del mundo. En ese caminar hacia la cruz, Dios hecho hombre se identifica con nosotros y comprende las luchas de nuestro cuerpo y de nuestra mente, así como las heridas provocadas por sistemas sociales que discriminan y excluyen.

Pero este también es un camino de encuentros y enseñanzas. Es el encuentro con Nicodemo, a quien Jesús le enseña que es necesario nacer de nuevo. Hoy, ese “nacer de nuevo” es el llamado a dejarnos renovar por el Espíritu y reconciliarnos con Dios, que es la esencia misma del amor encarnado en Jesús.

Es también el encuentro con la mujer samaritana, aquella a quien Jesús le descubre el corazón, no para juzgarla, sino para revelarle su valor y su dignidad. Nos enseña que debemos rasgar el corazón y no las vestiduras. Quizás rasgar el corazón sea doloroso, porque nos confronta con lo que somos; sin embargo, rasgar el corazón es volvernos a Dios para entregarle nuestros dolores, heridas y pasiones, siendo testigos del inmenso amor de Dios.

Jesús también aparece en la vida de un ciego de nacimiento y no solo le devuelve la vista, sino que lo libera de una vida marcada por el juicio religioso. El problema no es el culto en sí mismo, sino la ceguera espiritual que impide reconocer la obra de Dios. El Señor espera de nosotros corazones humildes, capaces de reconocer en las personas vulneradas y en los pobres el clamor de Dios que pide justicia, amor, compasión y humildad.

Es, además, el camino del encuentro con Lázaro, su amigo, por quien lloró. Con ello nos enseña que las lágrimas, el dolor y el duelo son parte de la experiencia humana. Sin embargo, también nos revela que el amor de Dios tiene la última palabra y es capaz de resucitar lo que parecía perdido.

Así las cosas, el camino de Jesús hacia la cruz es también el camino que estamos llamados a recorrer: reconciliándonos con Dios, amando a todas las personas, extendiendo nuestras manos al servicio y entregando nuestro corazón en el amor.

La Cuaresma es más que ayuno o ceniza; es el tiempo para volver la mirada a Dios y contemplar su amor revelado en la cruz, una cruz que nos muestra quién es Dios y qué espera de nosotros: hacer justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Él. Un camino que atraviesa la cruz, pero que se abre a la esperanza de la resurrección. 

Con amor;

Rev. Luis Felipe Oliveros

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